La actuación de la delegación mexicana y todo el entorno que la rodeó en los recién finalizados Juegos Olímpicos de Río 2016 habla elocuentemente acerca de la cultura sobre la actividad física y el deporte que, tristemente, tienen un gran número de mexicanos.

Una primera semana Olímpica de pesadilla colocó los reflectores sobre la ridículamente obesa estructura del deporte de alto rendimiento en México y sus funcionarios. Además, en los momentos difíciles salió a relucir la inquisidora opinión pública en redes sedienta de sangre ya sea de autoridades, entrenadores o atletas por igual. Mientras que en el país y en lo que nos toca, somos el vivo ejemplo de una sociedad en donde el deporte es solo un juego, un hobbie o un pasatiempo

Es muy complicado que México obtenga resultados mediáticos en los principales escenarios deportivos  internacionales cuando sinceramente el deporte no es parte de nuestra cultura. Cuando hemos crecido con conceptos como: ‘niño gordito es niño sanito’ o ‘¿De qué me sirve que saques 10 en Educación Física si es una materia de relleno’ y constantemente consideramos ‘locos’ a quienes se levantan diariamente a correr antes de las 7 de la mañana o ‘ridículos’ y hasta ‘mal educados’ a quienes evitan consumir comida chatarra por seguir un régimen alimenticio entonces es claro que el deporte y la actividad física no está dentro de nuestra idiosincrasia.

Duele aceptarlo pero para la mayoría de los mexicanos el deporte sigue siendo un circo romano. Un espectáculo en el cual exigimos desde el sillón que los gladiadores dejen la vida en la arena sin que nos importen sus historias, pues a final de cuentas ‘Para eso están’.  

Al momento que los resultados no caen en las competencias mediáticas solemos iniciar una cacería de brujas. Con olor a sillón y total indignación primero, culpamos a las autoridades y funcionarios del deporte sin saber muy bien como está estructurada la actividad competitiva y de alto rendimiento en México. Observación que no es del todo equívoca pues los dirigentes han tejido a lo largo de décadas una telaraña en la que en medio quedan atrapados los atletas y confundida la opinión pública.

Después, llega el turno de señalar a los atletas y entrenadores por su falta de mentalidad y fallar a la hora buena; observación a la que tampoco le falta razón pues parece inherente a nuestra nacionalidad la falta de templanza para encarar situaciones y momentos de presión lo cual evidencia una falta de preparación y planeación en el aspecto psicológico. Pero pocos señalamos y menos aceptamos que gran parte de la culpa también es de nuestra postura de ser simples espectadores.

Desafortunadamente el deporte en México lejos está de ser considerado como lo que verdaderamente es: una piedra angular en el desarrollo integral de la sociedad. Una poderosísima herramienta formativa en los valores más trascendentales de la existencia humana.

El verdadero cambio del deporte mexicano solo será posible mediante la implementación de una política pública guiada por el poder ejecutivo, pero poco le preocupará hacerlo mientras siga identificando la poca importancia del deporte en la vida de los mexicanos más allá del espectáculo.  Triste es ver como cada seis años, durante la lucha por el poder, el tema de la adopción de una política deportiva seria está prácticamente ausente en debates, mítines y plataformas. El deporte sigue siendo una ‘actividad extracurricular’

Tiene que pasar una de dos cosas: O llega al poder alguien quien genuinamente identifique el poder del deporte como impulsor del desarrollo y se atreve a anclar a la actividad como un bastión de su gobierno, o la población obliga a que sus autoridades volteen a verlo. Sinceramente no se qué es más difícil. De lo contrario, presidentes, gobernadores y demás autoridades sabrán que con un par de esporádicos logros mediáticos la opinión pública estará satisfecha.

Se debe exigir que el deporte sea una opción de vida para los mexicanos y una oportunidad de desarrollo para quienes lo integran. Solo así los resultados caerán solos y de manera consistente.

A final de cuentas las medallas son lo menos importante. Se reparten más de mil cada cuatro años en Juegos Olímpicos y uno las puede encontrar en subasta. Lo que importa es el mensaje que se envía a los profundo de nuestra psique colectiva. Las lecciones de disciplina, esfuerzo, competitividad y trabajo en equipo. El ejemplo de cuerpos funcionales que explotan al máximo su potencial genético a través de la educación física. Los valores humanos inherentes a la práctica deportiva incluso en la sana concepción de la rivalidad. El bien competir, el bien ganar y el bien perder sabiendo que generalmente la vida ofrece revanchas. La oportunidad de concluir que al final lo más importante del deporte no es la competencia en sí, sino las lecciones que ofrece para la vida. Concebir al deporte como la gran escuela de la existencia misma.

Mientras otros países encuentran al deporte como eje fundamental de su identidad como nación en México seguimos esperando caudillos. Héroes de un circo romano que nos sirven mientras triunfen y desechamos en cuanto caigan. Avatares de nuestros traumas como nación y como individuos. Que no nos extrañe que un día se cuestionen, como ya han comenzado  a hacerlo, si en realidad se sienten orgullosos de representar a este país.

México tiene el deporte que le corresponde. Al final de cuentas el deporte es como la vida: Se juega como se vive y se vive como se juega.

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