El 90 por ciento de los mexicanos, periodistas incluidos, no te conocíamos. Tuvimos que preguntarle a Google para saber de ti y triste fue nuestra decepción al ver que no tenías tu propia página en Wikipedia (hoy ya se subió la primera aunque en inglés). Ahora, te has asegurado que tu nombre quede grabado inmortalizado para el deporte mexicano como el ganador de la medalla 64 del país en toda la historia Olímpica.

Debo decir, con todo respeto Misael, que me pareces un tipo sumamente raro:

Eres raro porque parece que tu espíritu no se doblega cuando el de medio país está más que vencido. En el primer round que disputaste en los Juegos Olímpicos temí que te noquearan. Abdulridha Waheed te conectó de forma contundente en par de ocasiones y aunque el round oficialmente te lo dieron a ti, quedó la sensación de que el iraquí había sido mejor, pero a ti te valió madre.

Durante el segundo asalto dejaste constancia de que los golpes de tu rival no habían hecho ningún daño ni en tu físico ni en tus ganas. Fuiste al frente, atropellaste a tu rival y demostraste que en medio del pantano tu plumaje no se manchaba con la suciedad que te rodeaba producto de un tenso ambiente en torno a la delegación mexicana.

Eres extraño porque aún con la adrenalina de saberte vencedor te mantuviste sereno. Eres de los pocos pugilistas, no solo de México sino de toda la competencia Olímpica, que luego de un combate dividido no realiza la ‘fantochería’ de levantar el puño antes de que el tercero sobre la superficie de el resultado oficial.

Continuaste siendo sumamente distinto cuando; habiendo nacido en el país del ‘No era penal’ , del flash en la alberca o de la descalificación a Bernardo Segura; a ti la diosa fortuna sí te sonrió y puso en tu destino a un rival culpable de doping, rival; Michael O´Reilley, quien por cierto, según la revista Sports Illustrated, a la postre era favorito para ganar la plata.

En la antesala de una medalla olímpica, comenzaste a recibir miradas de ojos a los cuales les habías pasado desapercibido y, ante la carencia de triunfos por parte de tus compañeros de delegación, se fueron aumentando los kilos de presión sobre tus hombros. Tu te seguiste saliendo del molde.

De nuevo te tocó un rival serio, agresivo y mañoso y tú, lejos de acusar temblor de piernas, te adueñaste del escenario. Canalizaste la presión, la convertiste en motivación sabiendo que nada te garantizaba volver a recibir tanta atención alguna vez en tu carrera deportiva. Te vaciaste de tal manera desde el inicio que el egipcio tuvo que salir de su plan de pelea. Otra vez en la decisión tu rival levanto la mano pero el referee te la levantó a ti.

Confirmamos que estabas hecho de una pasta distinta cuando fuiste el primer rostro mexicano de un atleta auténticamente feliz ante las lentes de los medios nacionales.

Ahora lo que espero es que continúes siendo muy raro:

Que la sangre caliente que tienes arriba del ring se enfríe a la hora de convivir con personajes mucho más peligrosos que cualquier rival al que hayas enfrentado. Me fascinaría que tu juego de cintura te sirviera para evadir los ganchos de intereses oportunistas que te tratarán de conectar. Deseo que combatas  inteligentemente bajo el  encordado de manera que logres ‘sangrar’ lo más posible a esos que sin saber te lastimaron orillándote a ‘botear’. Que logres beneficios para tu carrera y tu vida a través del sabio manejo de tu mano izquierda.

Por último quisiera darte las gracias por encarnar ese esfuerzo individual que ejemplifica a nuestro deporte cada cuatro años. Te agradezco por brindarnos esa sensación de que no importa la podredumbre en la que estemos inmersos, depende de nosotros que nuestro plumaje permanezca intacto hasta que salgamos del pantano.

Lo normal sería que, sin ser favorito, te viéramos colgarte el bronce mientras nuestra bandera sube por primera vez en Río de Janeiro. Pero contigo no se sabe, en una de esas obligas al comité a buscar el Himno Nacional Mexicano. Después de todo, eres demasiado raro. Ojalá nunca te normalices.

 

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