Es 1992, tengo seis años. Por alguna razón mi papá decide que es buen momento para llevarme por primera vez a un estadio de futbol. Él no es precisamente el fanático más recalcitrante al balompié, así que tomo la noticia con especial sorpresa y mucha emoción. Hidalguense de nacimiento, probablemente el hecho de que Pachuca visite el estadio Azulgrana lo haya motivado a llevarme. Tiempo después entenderé que su principal motivación fui yo.

Estacionamos el carro sobre la calle de Tintoreto que también es el Eje 6 sur. Convenientemente, es la dirección de mis abuelos, sin embargo eso no evita que vayamos notablemente tarde. En el Azulgrana ya se juega el segundo tiempo mientras papá y yo caminamos por la avenida de cuatro carriles cerrada, como cada 15 días o cuando hay corrida taurina, por seguridad de los asistentes. Pasamos a un costado de la Plaza de Toros México que apenas veo por el rabillo del ojo, mis pupilas están capturadas por la pintura desgastada del óvalo futbolero y mis oídos aturdidos por un estruendo que no conocía. La unión de miles de voces en alaridos, abucheos y silvidos.

Recuerdo el olor a orines al pasar junto a los baños y después de subir algunas escaleras por fin ver el escenario brillante. El marcador luminoso anuncia que el Atlante lleva cinco goles por tan solo dos del Pachuca (Yo ni siquiera sabía que partido veríamos), mi papá pregunta a alguien en la grada que si se descompuso el tanteador lo cual aquel extraño niega. Supongo que no le agradó mucho que en mi primer partido de futbol en vivo el Pachuca estuviera siendo goleado.

No recuerdo ni a los jugadores ni ninguna jugada en especial , sí percibo aún en lo más profundo de mi ser la emoción e impacto de ver tanta gente reunida gritando al unísono y los lugares vacíos con la pintura azul y roja (granate) en franjas perfectamente delimitadas. También recuerdo lo mucho que me gustaron los puestos de alrededor del estadio a la salida. Papá me compró una bandera azul, blanco y grana con el escudo del Atlante en el centro; subimos al auto y me dijó: -Baja el vidrio, saca la bandera- y descubrí la sensación del viento sobre la tela . Aquella noche marcaría por completo el resto de mi vida.

El Dr. Cándido Pérez

Mamá le tenía especial animadversión a los estadios de futbol a los cuales consideraba antros de vicio y perdición, pero su esposo le había abierto a su entonces único hijo la caja de pandora. Lo único que le faltaba a ese lugar mágico con olor a orines era que mamá lo conociera.

En mi casa la exigencia escolar durante la primaria era relativamente estricta. No esperaban que sacara puros dieces pero un ocho no iba a ser bien recibido. Mamá se condenó solita; -‘Si la boleta del próximo mes no tiene ningún ocho yo voy con ustedes al estadio’-. Llegaron las calificaciones de abril dignas del cuadro de honor. Mamá tenía que cumplir

El partido elegido sería el que fue el primer clásico del futbol mexicano en la época profesional. Atlante y Necaxa se verían las caras en la parte final del torneo regular de la 1992-93. Otra vez de noche, otra vez el olor a orines pero ahora con mamá. Lle¿egamos otra vez tarde a subir aquellas empinadas gradas para ser testigos de una nueva victoria atlantista. Cuatro goles a uno los de Ricardo La Volpe vencieron a los Rayos.

De nuevo, no viene a mi mente ninguna jugada sobre el césped sino la imagen de un necaxista de cepa, el ‘Dr. Cándido Pérez’, a quien ví bajando velozmente las escaleras sin entender porque la gente le aventaba sus bebidas ni porqué mamá me tapaba los oídos.

La rutina final fue la misma, visita a los puestos de productos no oficiales, compra de souvenir pirata y bandera afuera del carro. Mamá, con evidente gesto de desaprobación me sonreía. No volvería a pisar un estadio hasta que yo estuviera en la preparatoria.

Una pasada obligada

Con la casa de los abuelos a dos cuadras de la Ciudad de los Deportes, transitar a un lado del estadio era cosa de todos los días. Desafortunadamente asistir a los partidos era mucho menos frecuente. Con una hermanita de menos de un año, un padre siempre trabajando y una madre que casi odiaba el futbol, presenciar un partido en vivo estaba reservado para premios u ocasiones muy especiales.

Pero el simple hecho de pasar al lado del recinto era especial. Debido al desnivel de la zona y a la arquitectura del estadio había puertas que te permitían ver al interior aún estando cerradas, para un niño eso es más que suficiente, correr puerta a puerta buscando la adecuada que me permitiera ver un poco más del lugar que consideraba poco menos que sagrado.

Además, transitar por la zona siempre fue algo cotidiano. Las visitas con los abuelos siempre tenían el ingrediente extra de poder pasar al lado del Azulgrana donde además los jueves se situaba un tianguis monumental (o por lo menos así lo consideraba) en donde se podía comprar de todo y comer algunas de las quesadillas de papa con chorizo que mejor recuerdo.

El niño llegó a la adolescencia y el Azulgrana se hizo simplemente Azul.

La edad de la punzada, El estadio cómplice.

Fui alumno del Colegio Simón Bolivar Secundaria, escuela en ese entonces solo para varones situada en Río Churubusco. Para cumplir con mi respectiva edad de la punzada y conocer chicas me inscribí al grupo musical de la escuela: la ‘Coral Lasallista del Colegio Simón Bolivar’ que tenía la particularidad de convivir con grupos musicales de otras escuelas, una de ellas la Estudiantida de la Universidad Motolinía. El ‘moto’ era, si queremos verlo así, el otro lado del Simón Bolivar. Exclusivo de mujeres, la relación entre los alumnos de ambas instituciones con la música como pretexto es algo ya casi tradicional.

El Motolinía está ubicado a una cuadra de la avenida de los Insurgentes a la altura del World Trade Center y por regla elemental de caballerosidad éramos los varones quienes teníamos que ir de visita con las señoritas a la salida de la escuela, además porqué salíamos media hora antes y muchas de nuestras hermanas, incluida la de un servidor, también eran alumnas del ‘moto’. Entre ambas escuelas y, convenientemente situado como punto de referencia entre las casas de muchos de nosotros, el Estadio Azul fue testigo de innumerables andanzas, la mayoría de las veces solo y algunas otras, las mejores, de la mano de una mujer; mi abuela, mi mamá, mi hermana o algún amor juvenil.

Incluso recuerdo que tuve una novia que vivía en contra esquina de la casa del Cruz Azul justo frente a Superama. Su edificio era apenas lo suficientemente alto para desde su azotea alcanzar a ver parte del interior del estadio. Nunca vimos un partido ahí pero, según recuerdo, la promesa de una vista espectacular sirvió como pretexto para robar algún beso. Como ese edificio hay más de una decena escoltando los dos gigantes de la colonia Nochebuena y más de un condómino ha aprovechado su ubicación para tener el mejor palco del estadio

Visitante en tu tierra. Conociendo las entrañas

El año 2004 para la familia Rodríguez Ruíz fue un año de cambio y reinvención. Obligados por la frenética vida de la Ciudad de México y aprovechando la oportunidad de jubilación que se le presentó a mi padre llegó la hora de cambiar de aires. Los abuelos se habían mudado de la Calle de Tintoreto a la Av. Melchor Ocampo en la colonia Tequisquiapan. Su código postal dejaba claro nuestro nuevo destino: San Luis Potosí.  

Mi último recuerdo del Azul fue una sensación de ser visitante en tu tierra. Por culpa del papá que llevó a su hijo al estadio a los seis años éste último decidió convertirse en comunicador deportivo y para 2008 terminaba la Licenciatura en Ciencias de la Comunicación ya con trabajo en los medios locales.

Raul Arias había hecho lo imposible. Tomó a un equipo prácticamente descendido, lo salvó de milagro en 2006 y lo hizo subcampeón. La inercia fue tal que durante esa época el equipo potosino se domicilió en la parte alta de la tabla y tendría que enfrentar al Cruz Azul por el boleto a la final del Clausura 2008.

Toda esa temporada había recibido mi primera oportunidad de transmitir partidos de primera división. La portería sur del Estadio Alfonso Lastras fue mi oficina durante 2008 desde donde tuve que relatar las incidencias en cancha para la señal de W Radio. Había que preparar una posible transmisión de la final y viajar a mi ciudad natal esperando que los ‘Gladiadores’ me dieran la oportunidad de relatar por primera vez una final del futbol mexicano.

Llegué a la Ciudad de México más nervioso por reencontrarme con mi primer estadio que por la dificultad que los auriazules remontaran el uno a cero que los celestes les recetaron en la ida.

La verdad es que el Azul debe ser de los estadios con logística más complicada de la primera división. Enclavado en pleno eje víal, cada partido significa un caos garantizado en donde la policía a caballo trata de delimitar un perímetro que nadie respeta, los choferes de los camiones tienen que ser magos para llevar a los jugadores al inmueble y los miembros de la prensa tienen que estar muy despiertos para no entorpecer, más, el complicado acceso. Para un novato como yo esto fue un reto.

Ya en el inmueble nos colocaron en la cabecera sur. El estadio Azul tiene la particularidad de que sus gradas están tan empinadas que prácticamente desde cualquier ubicación tienes una visibilidad preciosa que pocos otros recintos modernos pueden igualar; en lo alto y cerca del campo. La verdad es que durante los 90 minutos fui poco más un barrista que un periodista y, sin camiseta, atestigüé la eliminación del último gran San Luis de Raul Arias y con ella el fin de mis transmisiones por W Radio.

Pero la aventura no hacía más que comenzar, pues una ves reincorporada la camiseta a mi torso había que cumplir con la cobertura de la eliminación. Nos dirigimos a la zona de prensa donde quedé maravillado por la compleja y complicada arquitectura interna del coloso de la colonia Nochebuena.

Las catacumbas que componen las entrañas del Azul son complejo sistema de túneles que conectan entre sí los vestidores de los equipos, de los árbitros y el área de prensa. Si la tribuna es empinada, las escaleras internas son todo un reto en el cual para bajarlas tienes que tener mucho cuidado y para subirlas una condición física excelente. Desde ahí, desde su corazón, me despedí del gigante.

Adios Viejo…

La semana pasada acudí con un amigo aficionado al Cruz Azul al Estadio de Ciudad Universitaria. Ahí, admirando la arquitectura universitaria, durante un aburrido Pumas contra León me comenta que el Estadio Azul será demolido. Siento un hueco en el estómago. Pasan tres días y el diario Récord confirma la noticia; en 2018 el primer estadio al que fui se convertirá en un hotel y centro comercial.

Es 2016, tengo 29 años. El Atlante lleva ya más de un lustro en la división de Ascenso jugando en Cancún. Yo, curiosamente, transmito los partidos de un multicampeón Pachuca para la señal de Telemundo en los Estados Unidos. El Dr. Cándido Pérez lleva ya más de 20 años fuera del aire. Mi novia de secundaria está comprometida y viviendo en Australia mientras yo estoy felizmente enamorado de una bella potosina. El futbol profesional en San Luis ha desaparecido. Mi mamá sigue odiando los estadios.

Esto se llama vida.

Anuncios