Algunas noches luego de un día agitado mi mente se convulsiona con una pregunta cuya ausencia de respuesta certera atormenta algunos minutos previos a mi encuentro con Morfeo:  ¿Cuál es en realidad el papel de nosotros los comunicadores deportivos en el entorno? ¿Servimos de algo, o somos simples guacamayas desteñidas con la misión solo de no permitir que el silencio se apodere de nuestras vidas? No comulgo con quienes ven en esta profesión casi una ciencia exacta y condenan al exilio a quien se atreve a diferir con ellos. Los que se piensan “dueños de la pluma” sobreviven fosilizados de un un prehistórico mundo donde la comunicación masiva era unilateral y el bombardeo de información aniquilaba el sentido crítico de las huestes de la audiencia. Hoy la resistencia se ha reagrupado y el arsenal con el que cuentan es mayor y generalmente ellos ganan.

Me compadezco de aquellos compañeros quienes ostentan la bandera de ser dueños de la verdad o saber su domicilio, han caído en una ilusión. La verdad es subjetiva, tan etérea  y  efímera que lo que hoy es mañana no y pasado mañana vuelve a ser, la verdad le costó la vida a Galileo y basan su credibilidad en la supuesta posesión de algo que ni siquiera existe.

A quienes nos ganamos el pan con el sudor de la garganta relatando el sudor del deportista se nos ha olvidado nuestro humilde origen; somos los encargados de contar historias y volverlas mitos, convertirlas en leyendas. Fortalecerlas a tal grado que el ‘poker express’ de Lewandoski sobreviva a los embates de la política, la nota roja y el ‘Chikungunya’, asegurarnos que las nuevas generaciones quieran ser más como Paola Longoria y menos como Lindsay Lohan.

¿Para que servimos los comunicadores deportivos en la actualidad? La respuesta que me hace sentir mejor conmigo mismo es la siguiente: Somos guardianes de la esencia del deporte y nuestra misión es atestiguar lo increíble, comunicarlo e inspirar a las personas.

El deporte como tal se vincula casi de manera absoluta con los valores positivos del ser humano: superación, competitividad, respeto, lealtad, salud, integración, belleza y  fair play son mensajes que en las canchas tienen su traducción más simple. Es experimentar en un jueguito que no daña a nadie con los ejes fundamentales del desarrollo mundial.

El cronista, periodista, comunicador o guacamaya, debe de estar comprometido con los valores de esta actividad y no permitir que mueran. El periodista deportivo no debe ser un investigador privado, casi policía,  que busque impartir la justicia con su propia boca escudada en la búsqueda de una verdad quimérica. Debe de ser un promotor incansable de los valores positivos y está obligado, para no quedar olvidado en el anonimato del ruido, a entender el fenómeno deportivo en toda su expresión. Un comunicador deportivo jamás debería subestimar el papel que juega el deporte en el mundo.

Saber hablar, memorizar la cantidad de goles que se han marcado en el estadio Azteca en días con una humedad mayor al 21 por ciento y conocer las causas de mortalidad de cinco generaciones de “Messis” ya no es suficiente para trascender dentro del saturado mundo de los micrófonos. Hoy además de saber decir hay que saber hacer y hacia dónde queremos ir.

Además, hay que tener congruencia. Desde las redacciones se debe denunciar todo aquello que vaya en contra de la esencia deportiva pero además cada día la audiencia demanda que se propongan soluciones, mismas que trasciendan del micrófono y lleguen a la realidad. No son pocos los casos en los cuales el comunicador salta de la redacción a la oficina y es ahí donde vendrá su prueba de fuego; defender lo que se dijo con lo que se hace. El momento definitivo que marca la dimensión de nuestra verdadera contribución a la sociedad y que valida o desmiente nuestro discurso.

El trabajar profesionalmente con la información deportiva requiere un incansable espíritu de aprendizaje y un estricto sentido de humildad informativa. Ser periodista deportivo (y de cualquier fuente) no es un título de nobleza que te separa de los “mortales” con información privilegiada y relaciones personales influyentes.  Es caer en cuenta que fuiste elegido por alguna circunstancia a que tu voz sea parte de la realidad que percibe la opinión pública; es reconocer que tu influencia ha crecido y con ella el impacto de tus acciones y responsabilidades dentro de la sociedad. Se es comunicador las 24 horas del día, misma jornada en la cual será evaluada la congruencia.

No se trata tampoco de atacar, señalar y ostentar una “valentía” mal entendida más parecida a una bravuconada que a un valor diciendo las cosas ante un micrófono o con una pluma con la tan gastada y nefasta máxima de “no tener pelos en la lengua”,  se trata de encontrar un área específica donde la preparación y actualización constante del comunicador entre al servicio del mismo deporte. Aunque nunca serán suficientes, se han derribado muchos muros que impedían la libertad de expresión, el ponerse como energúmeno ante una cámara o frente al teclado cada vez carece más de valor periodístico y no tiene nada que ver con la firmeza de una postura.

Tampoco el periodista deportivo debe justificar con el fin de ser popular utilizar todos los medios incluso algunos que vayan en contra de su misma esencia. Si bien es verdad que se pertenece a la industria del entretenimiento y la innovación tiene que ser el pan de cada día, no siempre su información tiene que ser del agrado de todos. Incluso por convicción y elemental congruencia tendrá que defender una postura y ejercer una opinión argumentada a pesar de que la opinión pública manifieste su desacuerdo general y  comience el linchamiento en redes. Se debe de estar preparado para eso y entender que la misma libertad de expresión que exigíamos  ayer, hoy extingue a los “intocables”. Se debe de estar preparado para atravesar esa pared aunque sea sangrando; a final de cuentas hablamos de deporte, y de cualquier lugar puede provenir una opinión certera; el deporte es una de las actividades más democráticas del ser humano. La clave está en analizar y pensar: ¿Qué voy a decir yo que no sepan la mayoría de los aficionados comunes? Ahí es donde la preparación se vuelve indispensable.

El periodista deportivo integral el día de hoy tiene que estar preparado para dejar de hablar y comenzar a actuar. Pasar de ser el guardián, el vigilante o el heraldo a convertirse en un engrane fino de la que  Antonio Rosique llama acertadamente “La Máquina de Sueños”.

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