Hasta hace pocos años albergar un mega evento deportivo era el sueño de cualquier nación. Tener en casa unos Juegos Olímpicos o un Mundial era acreditarse ante el mundo como un país pujante y poderoso además de representar la oportunidad perfecta para la exposición de lo mejor de la sede al resto del planeta. Albergar una justa de estas dimensiones era acreditarse como miembro del primer mundoGobiernos y regímenes que buscaron legitimización a lo largo de la historia lucharon por obtener la sedes. Íconos de poder como Hitler, Mussolini y Videla así como naciones en pugna internacional como la Unión Soviética y la Alemania dividida encontraron la oportunidad perfecta para mostrarle al mundo su grandeza y convencerles lo bien que les iba, tendencia que no ha cambiado mucho en nuestros días ya que no es una coincidencia que todos los países del grupo conocido como los BRICS (Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica) o los “nuevos ricos del barrio” hayan organizado, luchen por hacerlo o tengan en puerta la organización de un mega evento deportivo. Parece escenario perfecto para maquillarse y deslumbrar ante los reflectores aunque tras bambalinas la realidad en  diste mucho de la sonrisa que se ofrece al mundo durante el mes de carnaval.

Vayamos un poco a la historia: Peter Ueberroth fue el hombre detrás de la organización de los altamente exitosos, desde el punto de vista económico, Juegos Olímpicos de Los Ángeles 1984 los cuales a pesar del boicot de la URSS tuvieron un superávit de más de 200 millones de dólares. En su testimonio acerca de la experiencia de organizar los juegos Ueberroth cita a Winston Churchill

“Algunos ven en la empresa privada como un objetivo depredador con el que hay que acabar, otros como una vaca a la que hay que ordeñar; pocos son, en cambio, los que la ven como el robusto caballo que tira del carro”

Bajo esta filosofía Ueberroth oxigenó, mediante la iniciativa privada, la organización de los mega eventos deportivos que años atrás había dejado a Montreal con una deuda que saldaría hasta después del año 2000 e impuestos en otras naciones que llegarían para quedarse sustentando los sueños de grandeza y vanidades de naciones en los bolsillos de los contribuyentes como fue el caso de la tenencia mexicana.

Con la credibilidad de los juegos por los suelos después de la matanza de atletas israelíes en Munich, el endeudamiento de Montreal y el movimiento olímpico secuestrado por la guerra fría, Ueberroth encontró en la iniciativa privada la solución la primera vez que la factibilidad de los Juegos fue puesta en riesgo por materias económicas y sociales. El norteamericano hizo gestiones clave ante un Comité Olímpico Internacional muy distinto al que conocemos el cual estaba reacio a comercializar flagrantemente los juegos a tal grado que estuvo a nada de echar abajo un patrocinio millonario de la marca alemana Adidas para vestir a los atletas. Hoy este esquema es el sostén mismo de los eventos deportivos globales desde hace treinta años y también parte de la amenaza para su continuidad.

La comercialización hoy es la gasolina que enciende los eventos, sin ella simplemente el motor no arranca, vaya; sin comercialización ni siquiera el carro existe y es tanto el protagonismo que ha cobrado que hoy hay tantos compromisos que cumplir que los juegos giran en torno a ella convirtiendo a los eventos en una feria mundial cuyo epicentro cambia cada dos años, seduciendo a las sedes con promesas de empleo, desarrollo, notoriedad mundial y riqueza para una vez apagado el fuego o anotado el último gol abandonar la plaza y dejarla desierta, viviendo de un mes de ilusión.

El 2004 significó el año del retorno del fuego olímpico a su cuna, sin embargo la situación económica de Grecia desde ningún punto puede suponerse al margen de aquel año cuando los helenos recibían al mundo. Su déficit de más del 5.3% del PIB es clara evidencia de que los Juegos que con tanto orgullo recibieron, hoy se han convertido a la más funesta de las plagas acaecida en la tierra de Zeus.

Alberto Lati en su libro Latitudes; crónica, viaje y balón explica cómo incluso el presidente del Comité Olímpico Internacional, en ese entonces Jacques Rogue, atribuye un buen porcentaje de la crisis helena a los Juegos de Atenas requiriendo incluso un rescate de millones por parte de la Unión Europea hipotecando los proyectos de salud y educación de la nación mediterránea.

La situación no es muy distinta en otras sedes: Los empleos que nunca regresaron a los townshinps en Sudáfrica, la deuda Australiana detrás de los récords de Ian Thorpe en Sidney, el caótico recorrido de la antorcha para Beijing 2008 y la expropiación de terrenos necesarios para construcciones olímpicas en perjuicio de los ciudadanos pekineses. Los gritos de ¡Liberen al Tíbet! Y hasta la deuda ocasionada por los Panamericanos de Guadalajara 2011 en la ‘perla tapatía’ también son algunas muestras de la difícil herencia que estos eventos pueden dejar en las sedes a las que prometieron cambiarles la vida, la verdad es que generalmente la promesa se cumple, pero no de la forma que todos esperan.

Algunos siguen pensando que la organización de estos eventos es equivalente a que vengan caballeros llenos de dinero a las sedes y comiencen a aventar billetes a la población desde las ventanillas de los aviones antes de aterrizar, pero la realidad es que generalmente los empleos son temporales y las instalaciones requeridas por la FIFA, UEFA, COI o el organismo en escena quedan en desuso. Como el mismo Alberto Lati cuestiona: ¿Para qué quieren los griegos un estadio de beisbol?. De hecho La Escuela de Negocios Said de Oxford ha estudiado todos los Juegos Olímpicos organizados de 1960 a 2012 y su informe muestra que, de media, al final cuestan casi un 179% más de lo previsto inicialmente.

Como lo han dicho algunos académicos y especialistas el epicentro de este problemática radica en que las ciudades sedes se convierten prácticamente en rehenes de los organismos internacionales del deporte ya que una vez elegida la sede no hay marcha atrás si no se quiere quedar en ridículo en la escena internacional y los comités terminan cediendo. El modelo de Ueberroth se ha convertido en un monstruo

Los mega eventos deportivos siguen siendo un jugoso negocio pero para las constructoras, marcas deportivas, patrocinadores, organismos internacionales y casi todos los participantes de la industria deportiva pero no para las sedes, como Simon Kuper, columnista del Financial Times, nos señala:

“Los poderes públicos que deciden meterse en una carrera como la de la organización de unos Juegos Olímpicos deberían explicar a la ciudadanía que, al menos en lo económico, un evento de estas características es una gran fiesta, y como tal debería ser defendido, es decir como un acto de gran consumo y no como una inversión”.

El mismo Kuper en su libro, Soccernomics; El futbol es así, junto con Stefan Szymanski hace la siguiente pregunta: ¿Porqué las naciones buscan albergar campeonatos mundiales de futbol si desde la perspectiva económica estos parecieran no ser convenientes? Szymanski junto con Giorgios Kavestus y Robert McCulloch, este último gurú de la investigación sobre felicidad, tomó los datos provenientes del índice de felicidad en Europa de los años entre 1974 y 2004 encontrando una perfecta relación entre el aumento de la felicidad de los países y los años en que fueron sede del campeonato mundial. La teoría estaba dada; albergar un mundial hace feliz a tu nación. No obstante incluso la felicidad y el orgullo de pertenecer al país que está ante los ojos del mundo hoy parece estar menguando.

Si existieran países cuya religión oficial fuera el futbol muchos coincidiríamos en que seguramente uno de ellos sería Brasil, no obstante el raquítico 30% de popularidad de Dilma Rouseff, mínimo histórico, luego del mundial 2014 y con los Juegos de Río 2016 en puerta nos hacen pensar que incluso ahí, en una nación eminentemente deportiva, las cosas están cambiando.

Para el sociólogo Norbert Elías El deporte es un proyecto social histórico de formación de ciudadanos, sin embargo hemos llegado a un punto donde la voz de los ciudadanos podría influir en la conformación del deporte del futuro, es momento de evaluar y rediseñar lo que estamos haciendo con él.

¿Qué país latinoamericano podría aspirar a organizar el Mundial de 2026 recibiendo la herencia del gasto desproporcionado que seguramente hará Catar en 2022? ¿Porqué cada vez más ciudades se abstienen de presentar candidaturas alegando que se ponga un tope al costo de los juegos? ¿Porqué el poderoso Estados Unidos desistió en la carrera para el mundial del 2026 debido a no estar de acuerdo con la manera en la que se designan las sedes? ¿Porqué no mencioné ni una vez los conceptos “Espíritu Deportivo” “Unidad de las naciones” y “Carta Olímpica” ni el nombre de ningún deportista en todo este texto? ¿Porqué cada día que pasa las elecciones de las sedes están envueltas mas en corrupción, sospechas, investigaciones y opacidad ?

Todo Fluye afuera y adentro; todo tiene sus mareas; todas las cosas se elevan y caen; la oscilación del péndulo se manifiesta en todo… Es el principió hermético del ritmo al cual ni siquiera estas fiestas deportivas, insignia de nuestros días, pueden sustraerse. Ya en 1984 Peter Ueberroth inició una nueva era en la organización de las mismas al romper con lo establecido en ese entonces, hoy esa política permanente por más de 30 años se ha vuelto el nuevo paradigma a romper, un paradigma que sostiene y asfixia a los mega eventos deportivos, que les da vida y los mata lentamente.

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